viernes, diciembre 30, 2005

Despedida de Mariano Ruiz-Esquide


Estimada familia de Narciso Irureta,
Autoridades presentes,
Señoras y Señores,
Camaradas del Partido Demócrata Cristiano

Despedir simbólicamente a Narciso es para muchos de nosotros un triste desprendimiento de jirones de nuestra propia vida, de nuestra propia circunstancia en el lenguaje de Ortega.

Despedir sus restos mortales es también un recuerdo gozoso de haberlo tenido de camarada, consejero, maestro o sólo amigo y haber crecido en su ejemplo de vida.
Separarlo de su presencia entre nosotros es valorar lo que fue, lo que hizo, lo que dio por sus ideales y sus tareas en cada una de sus actividades, pero sobretodo como padre ejemplar, esposo devotísimo y demócrata cristiano, paradigma de conducta y consecuencia.

En su linaje e historia de Euzkadi como todos los de su raza- transmitió la fuerza de sus convicciones - la modestia inmensa de sus conductas públicas alejado de luces y honores y apegado al cumplimiento de su deber de Estado cuando correspondía. Apegado a la norma de vida que siempre le conocimos: “no hay virtud más evidente que hacer sencillamente lo que tenemos que hacer” según las enseñanzas de Santa Teresa de Avila, ejemplo del señorío de los constructores de vida y no tan sólo hacedores de cosas.

En esa manera de recordarlo, tan enhiesto, adusto, severo y claro, sin dobleces, pido excusas que me acerque a su memoria como Demócrata Cristiano y como compañero de tareas en un tiempo ya pasado, pero tan intenso.

En este mismo recuerdo de cuerpo presente, lo proclamamos como intrínsecamente nuestro, patriota por sobre todas las cosas, cristiano a cabalidad y consecuente en su vida personal y política. Nuestra vieja aspiración ética de “vivir como se habla y hablar como se piensa” se encarnó en su testimonio que lo hizo merecedor de su nuestro respeto.

Sus más amigos vivieron también la transparencia de su alma, su sentido del humor tan especial, sus angustias por Chile o por su partido y la seguridad de sus lealtades. Me asombró siempre su reciedumbre frente al error, según su visión y su generosidad frente a los que erraban, ya sea en lo cotidiano o en lo político. Jamás un reproche peyorativo a pesar de su dureza conceptual. A lo más un comentario cáustico que nos sonaba más a perdón y comprensión. A veces una espontánea observación cantábrica mientras caminaba rápido, como huyendo de un episodio que no esperaba de un amigo o de un camarada.

Pasó entre nosotros y nos marcó más de lo que el mismo creyó. Nuestro dolor sincero así lo prueba. Su familia fue siempre una suerte de aura sutil que estaba en su entorno en medio de sus más duros momentos.

Excúsenme que haga un recuerdo personal fuera de texto. Una tarde a la hora de García Lorca me llamó a la consulta.

Mi hijo - que es cura y mejor que yo se va a Concepción. Cúidamelo porque confío en ti aunque sólo eres medio vasco.

Su voz ronca no encubría el timbre de un padre tierno y orgulloso. Solo puede entenderse este recuerdo en el tiempo de negrura que vivíamos. Lo sentí como un hilo sutil de un camarada a otro camarada que lloraba a través del hijo amado por la libertad perdida.

Fue un demócrata cristiano que hizo de su doctrina una forma concreta de apostolado. Un apostolado para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo. Para lograr la redención humanista y cristiana de los pobres de solemnidad, para los que nacimos y crecimos, para los que trabajó y sufrió. Para los que son nuestro único y verdadero camino de salvación. Sólo así nos redimiremos porque toda carencia de los que nada tienen es sólo la parte no cumplida de nuestra tarea. Dura sentencia pero que es el deber ser de nuestra visión política y de nuestra adhesión personal a ella.

Si hubiese sido posible habría tomado sobre sí la sentencia de los Padres de la Iglesia : si tienes dos abrigos el que estás usando es de tu hermano o vecino. Es que pasó por las más amplias posibilidades de riqueza fácil o de inmensos honores y se fue desnudo a los ojos del creador. Bendito ejemplo en un mundo concupiscente que nos divide y nos destroza.

Hace horas que ya está en la eternidad. Nadie puede aventurar el más allá. Pero lo imagino en una conversación con sus viejos amigos y camaradas. Con sus vascos de mil años. Con San Ignacio y sus reglas de conducta. Con sus camaradas fundadores del partido y sus entrañables amigos de otros partidos con los que construyeron parte de nuestra historia del siglo pasado. Con su Santo Amigo Alberto Hurtado.

¿Por qué fuiste a veces tan exigente , Narciso? Le habrá preguntado ya el Hacedor.
-Porque no se construye la sociedad humanista cristiana sin trabajo y testimonio Señor.

¿Por qué dijiste siempre que el amor a los hombres pobres de tu tierra no permitía claudicaciones? -Porque sólo se está con ellos cuando llegan a creer en nuestra fidelidad Señor.

¿Por qué rechazaste los honores que te ofrecían con afecto? -Porque nos inspiramos en el niño de Belén y en el Cristo desnudo y nunca en el oropel del poder, Señor.

Y entonces, Narciso ¿Qué hiciste en la tierra por tu hermano? – Señor, fui demócrata cristiano.